Alvarito la contemplaba, maravillado de su animación y de su graciosa petulancia. A Alvaro le cosieron en casa un traje de pierrot.

El día de la fiesta acababa de vestirse Manón de húsar, con cuyo traje estaba guapísima, y Alvarito, de pierrot, cuando vinieron Morguy y Rosita, las dos de malísimo humor. Morguy tenía trazas de haber llorado.

—¿Qué os pasa?—les dijo Manón.

—Chica, que estamos hechas unos adefesios y no sabemos arreglarnos—contestó Morguy.

—¿Pues?

—¿No te parece que tengo la falda demasiado larga?

—Sí, sí; es indudable.

—Pues en casa todo el mundo empeñado en que no. Este traje mío es un mamarracho. Nuestras madres dicen que estamos bien y que ya no hay tiempo de cambiar.

Manón contempló a las dos amigas, una después de otra.

—Es verdad—dijo a Morguy—; tu falda está demasiado larga y el talle demasiado alto, y el peinado de Rosita y su capota están mal.