—¿Pero ya tendremos tiempo de cambiar?—preguntó Rosa.

—Sí. A ver, Alvarito—gritó Manón—. Dile a la Baschili que me traigan alfileres y una aguja.

Alvarito fué corriendo a traer los alfileres y la aguja. Manón se arrodilló delante de Morguy y descosió unas puntadas. Luego sujetó aquí y allá, bajó el talle del vestido y en una media hora arregló la falda admirablemente.

—Ahora date un poco de rojo en las mejillas y déjate unos rizos en la frente.

Morguy hizo lo que le decían y reconoció que había ganado muchísimo.

—Ahora tú—le dijo a Rosita—. Suéltate el pelo en seguida.

—Pero si me han dicho en casa que era así el peinado de la época.

—Pero eso es una tontería; tú no debes pretender ser un maniquí que tenga mucha exactitud histórica, sino buscar el estar más guapa.

—¡Naturalmente!—exclamó Morguy—. Es que esta chica es tonta. Es tonta. No comprende nada. Se lo he dicho mil veces.

Manón le quitó la capota a su prima y aligeró el sombrero arrancándole unos adornos.