Rosa cambió el peinado e hizo lo que le dijeron y se puso un poco de colorete en las mejillas.
—¿Cómo estoy?—preguntó Rosa a Alvarito.
—Muy bien, muy bien. Mucho mejor que antes.
—Bueno; pues vamos—exclamó Manón arreglándose rápidamente.
Se pusieron unos gabanes y capas encima y fueron a la calle.
—¡Chica, qué lástima que no seas húsar de veras!—dijo Morguy a Manón, agarrándole del brazo—. Estarías irresistible.
Alvarito se rió.
Entraron en casa de Lissagaray. El salón estaba ya lleno. Las tres amigas hicieron mucho efecto. Solamente podía competir con ellas Sonia Volkonsky, vestida de zíngara, con un traje de seda de colores, la falda corta, un pañuelo rojo a la cabeza, collares en la garganta, pulseras en los brazos y una pandereta en la mano.
Entre los hombres había algunos disfraces curiosos: Pedro D'Arthez iba con un muscadín del Directorio, con un traje elegantísimo; Montgaillard, de bandido napolitano; el vizconde de Saint Paul, de Arlequín; había también un chino y un negro, y el que daba la nota cómica era un herbolario de la vecindad de madama Lissagaray, Pascual Joliveau, que iba de Robinsón Crusoé. Robinsón Crusoé vestía un traje hecho de hojas de árbol, un sombrero y una sombrilla de lo mismo y un loro de verdad en el hombro.
Se hicieron muchos chistes a costa del herbolario; pero éste estaba satisfecho al ver que llamaba la atención.