Se bailó, se habló y se rió, y todo el mundo, en general, estuvo muy contento.

A los amigos les chocó que mientras Montgaillard se alejaba de Manón, el vizconde de Saint Paul se acercase a la muchacha y se pusiera a cortejarla.

El vizconde tenía el genio fuerte y hablaba poco. Había tomado el hábito de mostrarse frío e indiferente y ligeramente burlón.

El vizconde era hombre serio, guapo, un poco taciturno para su edad y nada amigo de charlar a tontas y a locas, como Montgaillard. Saint Paul tenía aplomo; probablemente se creía una gran cosa, y no se mortificaba ni se ofendía su amor propio con verse al lado de una mujer sin decir palabra. Quizá en un caso así creía que la culpa era de la que se hallaba a su lado y no la suya.

—El vizconde está muy bien—dijo Morguy a Manón—; pero será un amo para su mujer.

—¡Bah! No me preocupa. No me tengo que casar con él.

—¿Quién sabe?

Saint Paul y Montgaillard, amigos de la víspera, se miraron como rivales, con gran desprecio, y se manifestaron cada vez más hostiles. Manón bailó con varios jóvenes y, al pasar junto a un grupo, Montgaillard dijo una de las veces en voz alta:

—Estas mujeres que son capaces de estar tres o cuatro horas bailando no se diferencian mucho de las cocineras.

Ella le oyó y contestó: