—Los hombres que insultan a las mujeres no se diferencian mucho de los lacayos.

El joven Montgaillard enrojeció. Aviraneta había oído la frase de Manón y se levantó.

—¿Te han insultado?—dijo—. No lo permitiré yo.

—Gracias, don Eugenio—contestó ella, riendo—. Es una frase que hemos leído hoy en una novela y la repito.

Montgaillard miró con impertinencia a Aviraneta y éste se engalló, como en sus buenos tiempos, y contempló desdeñosamente al joven.

En uno de los descansos del baile, Montgaillard quiso obtener una explicación de Manón y la detuvo en el pasillo; pero ella le empujó violentamente con desprecio.

Aviraneta se sentó entre los señores viejos, un poco sorprendido de la impertinencia del muchacho. Vió que Manón era cortejada por Saint Paul y que Sonia, la condesa de Hervilly, hablaba mucho con el caballero de Montgaillard.

Se bailó una contradanza muy brillante y, al terminarla, madama Lissagaray avisó a sus invitados para que pasaran al comedor a tomar algo. En este momento la condesa de Hervilly se acercó a don Eugenio.

—Desconfíe usted de sus amigos, señor de Aviraneta—le dijo.

—¿Me va usted a decir la buenaventura, hermosa zíngara?