—No.

—Entonces, eso merece una explicación.

—No aquí.

—En el hotel, si quiere usted. Cuando le parezca.

—Dentro de una hora estaré allí.

—Muy bien.

—Vaya usted a mi cuarto. Le esperaré.

-¿Qué podía ser esto?—pensó Aviraneta—. ¿Qué podía haber de común entre aquella mujer y él?

Aviraneta pasó al comedor, fué del comedor al salón, contempló como se bailaba y, cuando vió que la condesa de Hervilly se despedía, se levantó él al poco rato y se fué rápidamente a la fonda.

Entró en su cuarto, vaciló, se metió una pistola cargada en el bolsillo; luego se arrepintió y la dejó en el cajón de la mesa; bajó al primer piso, llamó en el cuarto de la condesa y, al oír que decían adelante, pasó adentro.