Estaba la condesa sentada en un sofá, todavía con su traje de zíngara. Llevaba unas joyas magníficas, unos brillantes en los dedos que lanzaban destellos de colores, unos brazaletes de oro con esmeraldas y un collar de perlas. Parecía algo como una sacerdotisa.
—Siéntese usted, don Eugenio—dijo ella.
Aviraneta se sentó.
Ante aquella belleza espléndida, el conspirador, viejo, flaco, pequeño, vestido de negro, parecía un cuervo.
—Estoy segura de que se encuentra usted intrigado con esta cita—exclamó ella.
—Es cierto.
—Y quizá asustado.
—No me conoce usted, condesa—replicó sonriendo, Aviraneta.
—¿No ha traído usted armas?
—¿Para qué? No creo que quiera usted batirse conmigo.