—Sí; yo soy hija de Volkonsky y de Coral Miranda. De Coral Miranda, a quien usted calumnió.
—Es falso—gritó Aviraneta.
—Usted estorbó la boda.
—Es falso también.
En este momento entraron en el cuarto el conde de Hervilly y el caballero de Montgaillard.
Aviraneta se puso a la defensiva, desdeñoso y altivo.
—¿Qué gritos son esos?—preguntó el conde.
—No pasa nada, señores—dijo la condesa—. El señor Aviraneta se está explicando conmigo.
Los dos hombres contemplaron a don Eugenio y éste les miró de arriba a abajo con desdén.
—Váyanse ustedes—repitió la condesa.