Salieron los dos hombres, y Aviraneta, al verlos marchar siguió hablando.
—Sí—dijo—, Volkonsky fué amigo mío y yo le quería. Volkonsky no sabía que usted existiera. Además, Volkonsky quiso casarse con su madre. Ella fué la que no quiso, porque él era pobre.
—Miente usted—exclamó ella.
—No miento. ¿Qué interés puedo yo tener en mentir?
—Legitimar su conducta.
—¡Mi conducta! Está legitimada. Como digo, fué ella la que no se quiso casar con él. Ella era rica, de una familia orgullosa e influyente; él, aunque de una estirpe principesca de Polonia, no pasaba de ser un pobre aventurero en Méjico; ella fué la que no quiso unir su vida a la del polaco, y cuando su padre de usted se casó con una muchacha sencilla y modesta, su madre de usted le preparó una celada e hizo que le mataran y mandó cortarle la mano.
—Invenciones.
—No, verdades. Yo he visto la mano cortada. Yo he visto el cadáver de su padre en la finca de los Mirandas.
—Mi madre era una mujer angelical.
—Era una mujer diabólica y perversa.