—El diabólico y perverso es usted, Aviraneta. Se toda la verdad. Mi madre me contó toda la verdad.

—Cuente usted esa verdad para que yo pueda rebatirla.

—Mi madre me contó que había conocido a Volkonsky de niña y que la había seducido. Estando embarazada de mí, mi padre, Volkonsky, se hizo socio de varios españoles para explotar unas minas, y entonces un español, que le pretendía a mi madre, y a quien ella despreciaba, le habló a Volkonsky, le engañó, le dijo que ella había tenido amantes y, no contento con esto, lo asesinó y lo robó los planos de las minas. Ese español, ¿sabe usted quién era? Era usted, señor Aviraneta.

—Todo eso es un tejido de embustes, digno de la que los inventó—gritó Aviraneta—. Nada de eso es verdad. Mentira, todo mentira y mil veces mentira. Aún quedan en Méjico parientes y compañeros que recordarán aún la historia de Volkonsky. Les preguntaremos a ellos. Pero no hay necesidad. En Burdeos hay un comerciante español que vivió en Méjico en aquel tiempo, un tal Zangroniz. Le iremos a ver, le interrogaremos. El sabe la historia de Volkonsky y la mía... Pero ni aun eso es preciso, porque yo conservo cartas de Coral Miranda, que son de después de la muerte de Volkonsky.

—¿Usted conserva cartas de mi madre?

—Sí, y de su padre también—contestó Aviraneta excitado—. Ahora dígame usted cuándo, en dónde, ante qué testigos quiere que le enseñe esas cartas. ¿Usted es amiga del cónsul de España? ¿No es cierto?

—Sí.

-Muy bien. Dentro de tres días, ante el cónsul, le mostraré esas cartas; que vaya su esposo, el conde; yo llevaré otro testigo: ¿Usted tiene alguna carta de su madre?—preguntó don Eugenio.

—Sí.

—Llévela usted para cotejar la letra. Hasta entonces, tregua.