La condesa de Hervilly, muy pálida, murmuró:
—Muy bien. Hasta dentro de tres días.
Aviraneta, que estaba lívido, saludó maquinalmente y salió del cuarto.
Al día siguiente, Aviraneta estuvo en Bidart y cogió de su archivo un paquete de cartas.
Tres días después de la entrevista citó a la condesa en el Consulado.
La reunión fué fría y ceremoniosa; como testigos estuvieron el conde de Hervilly y el señor Mazarambros. La condesa se presentó a la hora señalada. Vestía un traje gris y llevaba su collar de perlas.
Aviraneta, ante el cónsul y los dos testigos, explicó de qué le acusaba la condesa a él, lenta y reposadamente.
—¿Es esto de lo que me acusa usted?—preguntó a la condesa, después de hacer la relación con toda clase de detalles.
—Sí.
—¿Ha traído usted alguna carta de su madre?