—Sí.

—¿Ustedes quieren cotejar si esta letra de las cartas que yo tengo es igual a la de las cartas que guarda la señora condesa?

Mazarambros, Hervilly y Gamboa cotejaron la letra. Era la misma.

—Ahora, léanlas ustedes en voz alta.

Al comenzar la lectura la emoción dejó una palidez profunda en Sonia, que le hacía más hermosa; los ojos, azules obscuros, brillaron con más resplandor, y sus manos temblaron. Luego, cuando pudo dominar la emoción, el rostro suyo se serenó, las mejillas tomaron su color y volvió a su aspecto normal.

Las cartas eran aplastantes. En dos de ellas, Coral Miranda aseguraba a su querido Eugenio que nunca había tenido amores, ni siquiera amistad, con Volkonsky; que el polaco era un miserable que había querido abusar de ella cuando era niña; que ella no sabía lo que había sido de Volkonsky y que le esperaba a Eugenio llena de ansiedad y de amor.

La condesa oyó, llorando, estas cartas.

—Es falso, falso—exclamó con rabia varias veces.

—No, no—le dijo su marido—; es verdad, no hay duda alguna.

—Ahora, si todavía queda duda—exclamó Aviraneta—, aquí guardo cartas de él, de Volkonsky. ¿Quieren ustedes verlas?