La condesa no contestó. El conde tomó una de las cartas y la leyó despacio y se la devolvió a don Eugenio.
—Mi querida—dijo a la condesa fríamente—, este asunto está resuelto. El señor Aviraneta ha sido calumniado. El señor Aviraneta es una persona honorable y hay que reconocerlo y darle una satisfacción.
—Todos estamos de acuerdo con las palabras que ha dicho el señor conde—repuso Gamboa.
Aviraneta se inclinó y al salir dijo a la condesa:
—Yo no pretendo, señora, que me conceda usted su amistad; fuí amigo de su padre, que era un corazón noble y generoso. Como digo, no pretendo su amistad; pero creo que no tiene usted derecho a tenerme odio.
—Fué usted enemigo de mi madre—murmuró la condesa, pálida y demudada—; para mí, eso basta.
Aviraneta había ganado la partida y salió de la sala del Consulado, pálido, sonriendo con una sonrisa irónica.
Durante algún tiempo la condesa de Hervilly no vió a Aviraneta. Ella y su marido cambiaron de hotel, lo que a don Eugenio alegró.
Al cabo de un par de meses la condesa volvió a aparecer en casa de madama Lissagaray. Aviraneta no la hablaba; pero ella se acercó a él.
—No crea usted que me he olvidado de lo que ha pasado entre nosotros dos.