—Lo comprendo—dijo don Eugenio.
—El que haya conocido usted a mi padre y a mi madre me atrae hacia usted. A mi padre no le he conocido; a mi madre la vi solamente tres veces en toda mi vida. ¿Era hermosa?
—Muy hermosa.
—¿Y usted no la quería? Porque si la hubiera usted querido hubiera usted perdonado todo.
—Qué quiere usted, condesa. Cuando yo estuve en Méjico era joven aún, pero no un muchacho enamoradizo. Había hecho seis años de guerra de la Independencia, había rodado por el mundo y estado varias veces a punto de ser fusilado. No era un doncel.
—Pero mi padre había hecho la guerra con Napoleón. ¿No?
—Cierto; pero él era hombre más ingenuo, más poeta, más niño.
—Más bueno que usted.
—Sí, seguramente más bueno que yo; no lo niego.
—Usted es implacable.