—¿Y los yanquis no han hecho en plena época moderna y fríamente con los indios tantas barbaridades como los españoles? ¿Y los ingleses, que han exterminado razas enteras? ¿Y los franceses, que después de la revolución y de las monsergas de la libertad, igualdad y fraternidad han sido los mayores proveedores de carne negra en América? ¡Bah, yo me río de eso!

—Yo soy americana, y veo a los españoles como los enemigos de mi país.

—Es una preocupación. Toda esa epopeya americana de la Independencia es falsa.

—Es lo que les conviene decir a ustedes.

—No. Es la realidad. La independencia de América fué una guerra civil entre los españoles de las colonias y los españoles enviados por la Monarquía. Los indios, los verdaderamente americanos, eran los que no tomaban parte en la lucha. Es más: había un número casi siempre mayor de indios en los ejércitos realistas que en los republicanos. En la batalla de Ayacucho, por ejemplo, el número de indios era mayor entre los españoles que entre los americanos. A los indios, ¿qué les importaba la independencia? En el fondo no cambiaban más que de amo.

—No hablemos de política.

—Tiene usted razón. No hablemos de eso. Creo que habrá usted quedado convencida de que mi conducta con su madre no fué traidora ni infame. Si yo hubiera sido un aventurero, me hubiera casado con Coral Miranda. Ella era rica; yo, pobre.

—¡Es que no la quería usted! ¡Pobre madre! No sé si le perdonaré a usted, Aviraneta. No sé.

—Me olvidará usted, condesa. Usted tiene un gran porvenir por delante. Yo ya soy viejo y no creo ni pienso estorbarle a usted.

—Ya veremos.