El joven Montgaillard, al ver a la condesa hablando con don Eugenio, miraba a los dos con desconfianza. ¿Qué extraño capricho podía tener ella de conversar con aquel hombre sombrío y tétrico?
—Hay quien se siente celoso de que hable usted conmigo—dijo Aviraneta sonriendo.
La condesa contempló a su interlocutor atentamente y se levantó.
Al poco rato Alvarito se acercó a don Eugenio.
—Señor Aviraneta—le dijo.
—¿Qué ocurre?
—¿Quiere usted venir conmigo a casa de mi patrón?
—¿Qué pasa?
—Que Chipiteguy ha desaparecido.
Don Eugenio tomó su gabán y fué con Alvarito a la casa del Reducto.