I
EN LA REGATA DE INZOLA

Una mañana de invierno, tres hombres agazapados detrás de una gran peña, al comienzo de un robledal próximo a Vera, en un lugar llamado la regata de Inzola, estaban espiando el paso de alguien.

Era el sitio en que los hombres se hallaban emboscados solitario y sombrío, un gran barranco, por en medio del cual corre el antiguo camino de Vera a San Juan de Luz, camino estrecho, que algunos dicen que es calzada romana, a pesar de que la gente le llama de Napoleón, porque supone que la mandó hacer el emperador de los franceses para pasar sus cañones al entrar en España.

Este barranco, con grandes robles y con rincones húmedos y obscuros de monte bajo, se va inclinando hacia Francia. Desde algunos de sus puntos se distingue el mar, verde, entre las rocas de la costa. Por el fondo corre un arroyo que recoge aguas de la vertiente del monte Larrun y va a unirse al pequeño río llamado la Nivelle, que sale al mar en San Juan de Luz. El camino que une a España y Francia por esta parte va trazando curvas, escalando las alturas; a trechos, con las antiguas losas de la calzada bien conservadas; en parte, roto y destrozado e invadido por las zarzas.

Aquella mañana en que los tres hombres, apostados detrás de una roca, preparaban una emboscada, el cielo aparecía obscuro, con nubes de color de tinta; caían grandes gotas de lluvia sobre los montones de hojas secas; silbaba y gemía el viento, y el camino, estrecho, estaba lleno de barro, más abandonado y desierto que de ordinario. En algunos puntos el arroyo inundaba la calzada en una extensión de cincuenta o sesenta metros.

No había nadie por los alrededores. A veces llegaban por aquellos vericuetos partidas carlistas a vigilar la frontera y también solían verse las boinas rojas de los chapelgorris.

Los tres hombres que espiaban a la entrada del robledal de Inzola eran un hermano de Bertache, apodado Martín Trampa; el criado de éste, a quien llamaban Malhombre, y un compañero de aventuras de ambos, Perico Beltza o Perico el Negro.

Martín Arreche tenía dos apodos: uno, el nombre de su casa, Bertache, apodo común a su hermano Luis y a él; el otro, Martín Trampa, ya de por sí bastante significativo.

Martín, grueso, fuerte, membrudo, era hombre de aire audaz, cara redonda, pómulos salientes, ojos negros y sombríos, labios delgados y expresión ladina. Su manera de mirar, observadora, solapada e irónica, le denunciaba cuando quería aparecer como cándido e inocente.

Martín era hombre audaz, decidido y cruel; de él se contaban rasgos de valor y de energía.