El oficio de Martín, al menos el que practicaba en público, era tratante de ganado. Vivía en la casa de sus padres, llamada Bertache, en Almandoz, con su mujer, sus hijos, su hermana y su madre.
Martín paraba poco en casa; solía vérsele con frecuencia por los caminos, montaba a caballo, con su blusa negra y su bastón, la maquilla vasca, con la correa en el puño.
Su criado, secretario u hombre de confianza, Juan Echenique, alias Malhombre, era digno de su amo por todos conceptos. Vivía también en Almandoz, donde tenía una casucha pequeña y una familia numerosa, y confesaba sin rebozo que desde niño había tenido una afición decidida al robo.
—Muy pobre debe ser esta casa—decía una vez, refiriéndose a un caserío en donde había estado.
—¿Por qué?
—Porque ni por casualidad he encontrado en ella nada que robar.
Malhombre era tipo de cara afilada como un cuchillo, expresión suspicaz y maquiavélica. Tenía muy aviesa intención.
Se decía de él en el pueblo que había sido durante su juventud un muchacho apacible y humilde. Poco antes de la guerra estuvo de criado de un arriero, e iba con una recua de la frontera francesa a Pamplona y al contrario.
En la guerra se reveló. Cuando supo que había partidas en el país, robó una escopeta en casa de un labrador rico de Almandoz y se echó al monte, a unirse con las fuerzas de Sagastibelza. Un campesino, al verle desde el caserío, se asomó a la media puerta de la entrada y le preguntó con alguna sorna:
—¡Hola, Malhombre! ¿Qué tal? ¿De viaje?