Malhombre no contestó; se echó a la cara el fusil, pegó un tiro al campesino, lo dejó muerto y siguió andando.

Malhombre era un tipo de estos de revolución o de guerra, aspirantes obscuros a energúmenos y a asesinos, que viven durante muchos años una vida resignada y tranquila y un día se sienten fieras y matan o roban o degüellan, asombrando a los que les conocen, que no pueden pensar que lo normal en ellos es ser fieras, no hombres tranquilos y apacibles.

Desde la guerra, Malhombre acusó su personalidad siniestra. Un año o dos después de echarse al campo estuvo en Francia preso, no se sabía a punto fijo por qué, y allí en la cárcel debió conocer a gente criminal que le enseñó sus mañas.

Malhombre vivía sobre el pueblo, como hubiese podido vivir un antiguo capitán de bandoleros. Alimentaba su vaca en los prados de los vecinos, cogía las habichuelas, las patatas o los tomates en las huertas próximas, robaba alguna vez una gallina o un cordero. Malhombre merodeaba de noche y producía terror en la aldea. El chico o la chica que lo encontrara al obscurecer en el camino cortando hierba en algún campo que no era suyo, huía de él al verle, y Malhombre le amenazaba con la guadaña, porque le gustaba aterrorizar a la gente.

Se decía que Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza, con otro cómplice suyo que vivía en la venta de Odolaga, cerca de Pamplona, solían apostarse en el alto de Velate, enmascarados o con las caras tiznadas para que no los conocieran, y esperaban allí a robar a los viajeros.

Tenían dos mulos, a los que cargaban con los objetos robados, y en una noche Malhombre andaba a campo traviesa diez o doce leguas y dejaba los productos del robo en sitio seguro e insospechable, muy lejos del lugar de la fechoría.

Para esto, naturalmente, los tres hombres necesitaban cómplices, y los tenían, según aseguraban, entre personas de posición, que guardaban el producto de los robos.

Nadie sospechaba quiénes podían ser estos cómplices. Algunos aseguraban que los tres hombres no se contentaban con robar, sino que en ocasiones también mataban.

Martín Trampa y Malhombre tenían la especialidad de desvalijar los coches. Se decía que para esta labor se hacían pasar por carlistas, y que a ellos y a Perico Beltza se unía una chica, hija de Malhombre, que solía vestirse de oficial, con su uniforme, su sable y su boina blanca. Esta chica, la Puri, era una muchacha muy esbelta, rubia y bonita. La Puri hacía su papel e inmediatamente volvía a su casa. La chica trataba a su padre con respeto; para ella Juan Echenique no era Malhombre, sino un buen hombre.

Aunque Martín y los suyos fueron varias veces ante los tribunales, nunca les llegaron a probar nada. Los tres socios escogían las noches más negras para sus hazañas. Malhombre era nictálope: veía tan bien de noche como de día, y esta casualidad le servía para orientarse y poder escapar en medio del campo en la mayor obscuridad. Se sospechaba que era algo brujo y que sabía de remedios misteriosos y de sortilegios.