—Oiga usted, Chipiteguy—dijo Frechón.

—¿Qué hay?—murmuró el viejo.

—Le vamos a llevar a un caserío próximo para arreglar nuestros asuntos. No creo que se nos vendrá usted con gritos.

—Yo no tengo la costumbre de gritar—contestó Chipiteguy con serenidad.

—No le conviene a usted tampoco—replicó Frechón—. Si estos fanáticos saben que usted se llevó un tesoro de cruces y de custodias de las iglesias de Navarra, no le digo a usted lo que le va a pasar.

Chipiteguy murmuró:

—Usted me acompañó en la faena; pero eso no importa; vamos cuanto antes al caserío.

El viejo montado en la mula siguió camino adelante, dirigido por Claquemain. Los otros hombres fueron detrás.

—¿Así que este viejo fué a Pamplona y sacó barricas llenas de oro y de plata?—preguntó Martín.

—Sí.