—¡Qué templado!

—Y a mí me prometió una parte y no me la dió.

—Yo hubiera hecho lo mismo—dijo Martín.

Frechón contempló a Martín con cierta suspicacia.

—Ahora me pagará la trastada—murmuró el francés—. A mí no me importa nada que se haya quedado con las cruces. Yo me río de los sacrilegios. Lo que no le perdono es que me haya engañado.

—¿Qué piensa usted hacer?—preguntó Martín.

—Le llevaremos a ese caserío próximo, donde escribirá una carta a su familia de Bayona para que nos entregue una buena cantidad de dinero.

—¿Quién irá con la carta?—dijo Martín.

—Ya veremos.

Siguieron marchando, precedidos por Chipiteguy, montado en la mula, hasta el caserío Churinborda. Al llegar a la puerta, Frechón ayudó a apearse a Chipiteguy.