—No le aconsejo a usted que proteste—le dijo el francés—, porque entonces le entregarían a usted a los carlistas como ladrón de cruces de iglesias y le fusilarían sobre la marcha.

—¿Y qué adelantaría usted con eso?—preguntó Chipiteguy con calma.

—Nada; por eso no lo hago; pero se lo advierto a usted; lo que yo deseo es cobrar un buen rescate como indemnización y nada más.

—Estoy dispuesto. ¿Cuánto?

—Ahora lo veremos y se lo diré a usted. Tengo que saber qué quieren sacar estos ayudantes.

—Está bien.

—Señor Chipiteguy, ha perdido usted la partida.

—Sí, ya lo veo.

—Que le sirva a usted de escarmiento, y otra vez no pretenda usted engañar a Frechón. El viejo Frechón tiene siempre la última palabra.

Entró Chipiteguy en la cocina del caserío, se puso al lado de la lumbre a secarse, vigilado por Claquemain, mientras Frechón, Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza discutían lo que tenían que hacer.