El rescate, después de largas discusiones, lo fijaron en treinta mil francos: quince mil para Frechón y Claquemain y quince mil para Martín Trampa y los suyos. A Frechón le pareció una cosa excesiva lo que pedían éstos, pero no era ocasión oportuna de oponerse.

Se le obligaría a Chipiteguy a escribir la carta. ¿Quién la llevaría? ¿Cómo se depositaría el dinero y quién lo recogería?

Nadie tenía confianza en los demás. Martín, que vió en la cocina del caserío que Chipiteguy hablaba mucho con Claquemain, dijo a Frechón que no le parecía prudente dejar al viejo en una casa tan próxima a la frontera, porque podía encontrar cualquier ocasión para escapar y meterse fácilmente en Francia.

—¿Qué cree usted que se debía hacer?—preguntó Frechón.

—Internarle. Este Malhombre tiene en Almandoz un amigo sacristán, que es pariente y compinche suyo. El sacristán vive en una casa con una torre. Allí se podía meter al viejo.

—¿Cuánto habrá de aquí a Almandoz?

—Unas cinco leguas.

—Bueno; pues vamos a llevarle allí.

Malhombre se encargó de conducirle en la mula, de noche, por los vericuetos que él sabía.

Frechón creyó que llevaba su asunto perfectamente. Chipiteguy estaba dispuesto a no protestar.