Una noche le despertaron a Alvarito la Tomascha y la andre Mari. Habían oído claramente que andaba gente en la cueva.

—¡Levántate!—le dijeron las dos mujeres.

Alvarito se levantó, temblando de miedo, y se vistió lo más rápidamente posible.

—Vamos a ver quién es—dijo, fingiendo serenidad en la voz.

—No, no—replicó la andre Mari—; lo que tenemos que hacer es encerrarnos en este piso con llave. Manón está dormida.

—Mejor sería llamar a la guardia del Reducto—murmuró la Tomascha—. Desde la ventana podemos gritar.

—No, no—dijo la andre Mari—; no vaya a resultar que sea algún gato y se burlen de nosotras y nos tengan por unas viejas locas.

Con el rumor de las voces Manón se despertó y apareció en la escalera, preguntando de qué se trataba.

—Hay gente en la casa—le dijo su tía.

—Pues vamos a ver quién es.