—¡Adiós, señores!—dijo.

—¡Eh, tío!—le gritó Patrich—. No se vaya usted; hay que cantar su canción.

La gente de la taberna no hizo mucho caso, y Patrich se incomodó.

Patrich era hombre violento e imperativo; obligaba a que se cantaran ciertas canciones y ponía el veto a otras que no le gustaban.

No parecía sino que tenía algún derecho especial para mandar en todo cuanto fuera musical y filarmónico en casa de Ochandabaratz.

Patrich se quitó los zancos e increpó a unos y a otros, imponiendo silencio con siseos y manotadas.

Cuando lo consiguió inició la canción de bravura de Chipiteguy y la cantaron a coro, a voz en grito:

Atera, atera,

trapua saltzera

eta burni zarra