chaponian.
Chipiteguy, riendo, saludó a todo el mundo y salió a la calle.
—¡Adiós, tío!—le volvió a decir Patrich.
Patrich solía bromear muchas veces llamando tío a Chipiteguy. La razón de este supuesto parentesco era la siguiente. Hacía ya muchos años, en los primeros tiempos del Imperio, vivían dos hermanas, muy guapas, las dos casadas, en la calle Pontriques. Ambas, con unanimidad extraña, engañaban a sus maridos. De una de ellas se decía que estaba enredada con Chipiteguy, y de la otra, que era la querida de un tal Lafón, vendedor de hierro.
El marido de la de Lafón, a quien llamaban Puteche, era un cínico, que se dedicaba a vivir de lo que traía su mujer.
—Buena boquilla—le decían los amigos.
—De Lafón—contestaba él sonriente.
—Hermosa cadena de reloj—le decía el otro.
—De Lafón—replicaba él.
—¡Qué bonito sombrero lleva usted!