—De Lafón.

Las dos hermanas, guapas y alegres, tuvieron por entonces dos chicos: Máximo Castegnaux, que se atribuyó a Chipiteguy, y Patricio Larroque (Patrich), que se atribuyó a Lafón.

Dado el estribillo de Puteche, naturalmente, se hizo este chiste fácil. Un amigo le había dicho, señalando al niño de la mujer de Puteche:

—¡Qué chico más guapo!

Y él había contestado:

—De Lafón.

La anécdota era falsa, porque ni el chico era guapo ni Puteche había dicho estas palabras.

No se sabe por qué, si es que Lafón daba poco dinero a su querida, o si es que ésta pretendía hacer economías; el caso fué que Puteche comenzó a notar que la comida en su casa se reducía hasta unos extremos inverosímiles. A pesar de su tranquilidad filosófica, un día Puteche ya saltó, y, cogiendo indignado un plato de acelgas y tirándolo por la ventana, dijo a su mujer:

—No tienes vergüenza. ¿Esta es una comida regular para un marido complaciente?

Como la irregularidad de la vida de las dos hermanas la conocían todas las comadres del barrio, los chicos Máximo y Patricio no lo ignoraban; y cuando los dos primeros reñían, el uno decía al otro: "¡Chipiteguy! ¡Chipiteguy!", y el otro le contestaba: "¡Lafón! ¡Lafón!" Los padres, por lo menos padres legales, se quedaban tan tranquilos al oirlo; no así las madres; a veces, a éstas les entraba una cólera furiosa al oír "¡Chipiteguy! ¡Chipiteguy! ¡Lafón! ¡Lafón!", y andaban con los muchachos a zapatazos. Cuando murió Lafón decía Puteche: