Alvarito, en sus sueños, era siempre valiente, atrevido y cruel. ¿Seré yo así?—se preguntaba a veces él, preocupado—. Con frecuencia soñaba con el mar. Iba por un muelle que avanzaba entre olas tempestuosas, a un lado y a otro, al que no se le veía fin. Otras veces marchaba por un camino, entre sombras, y, al terminar, le aparecía un túnel de luz.

Con la existencia mísera y triste que había llevado era débil y nervioso. Su vida para él tenía una apariencia de algo trágico.

Recordaba, vagamente, el viaje que había hecho con su madre y su hermana, en condiciones malas, desde Cañete a Vergara, donde estaba empleado su padre en las oficinas del Real.

La salida de Vergara a Francia la recordaba como un episodio lastimoso. El viaje a Burdeos le parecía algo enorme; los franceses eran monstruos que se echaban sobre ellos, y su padre se le presentaba entonces como un Orfeo, dominando las fieras. Luego, al pasar el tiempo, el pobre Orfeo, don Francisco Xavier, se iba achicando en su retina.

Comenzaba para él la época en que el hijo que ha mirado a su padre como un modelo empieza a criticarle y a encontrarle defectos. ¿No sería su padre demasiado charlatán?—se preguntó Alvarito—. ¿No sería demasiado egoísta.

Entonces, poco a poco, su cariño y su admiración iban marchando a su madre y a su hermana, las dos sufridas y resignadas, que no salían a pasear, ni iban a darse tono, ni a contar mentiras a las tertulias carlistas.

Alvarito estaba poco desarrollado para sus diez y siete años. Era alto, pero estrecho de espaldas, de aire expresivo y de mal color. Espiritualmente era un muchacho despistado, sin rumbo; había pasado parte de la niñez en Cañete, en casa de unos tíos suyos, gente pobre, pero orgullosa y fantástica, en donde no se comía apenas, pero se presumía de firme. En aquella casa se vivía, principalmente por fuera, con la preocupación exclusiva de aparentar. Se hablaba de que se comía bien, de que se tenía dinero de sobra. Los tíos de Alvarito creían que todo el pueblo les espiaba y les parecía necesario darse importancia a fuerza de embustes.

Alvarito, en los seis meses que llevaba en Francia, había aprendido el francés. El muchacho conservaba las preocupaciones de su padre y de su madre y no podía zafarse de ellas. Al principio no quería salir de casa. Estaba asustado. La calle le parecía la enemiga natural de su pobre hogar y cada francés un monstruo, devorador de familias españolas.

Alvarito había pensado, siguiendo las indicaciones de su padre, entrar en el ejército carlista; pero no tenía la edad necesaria y la situación del partido iba siendo tan mala, que temía no llegar a encontrar el momento oportuno.

El joven Sánchez de Mendoza quería sentir con el mismo fervor el entusiasmo monárquico de su padre; pero no le era tan fácil, y por más esfuerzos que hacía por exaltarse, la cuestión de la legitimidad no le llegaba a preocupar.