Había oído en Bayona y en Burdeos discutir el pro y el contra de esta cuestión.
Alvarito quería pensar que la guerra era la santa cruzada de los buenos contra los malos, de los religiosos contra los impíos. Alvarito quería creer que los carlistas eran todos honrados y caballerosos, incapaces de villanías; que don Carlos era un santo, y que el honor, la lealtad, la Patria y el Rey tenían un altar en el pecho de cada carlista. No sabía si en el tópico admitido el altar estaba en el pecho o en el corazón. Seguramente no estaba en el bazo ni en el hígado.
A pesar del altar pectoral o cardíaco, Alvaro estaba oyendo hablar a cada paso de trastadas, de chanchullos y de traiciones en el campo carlista.
Al pensar en entrar en el ejército de don Carlos, lo que le preocupaba principalmente a Alvarito era el temor de quedar mal. ¿Tendría suficiente valor? La muerte no le arredraba; pero suponía que no debía ser siempre fácil dominar los nervios.
Su miedo era que le vieran en un momento de depresión. Temía no poder estar a la altura de los demás, sobre todo a la altura del modelo imaginado por él.
Pensaba, a veces, que quizá su falta de energía dimanaba de sentirse decaído por la mala alimentación.
Alvarito sabía poco; había aprendido a leer, a escribir y a hacer cuentas y a pintar a la acuarela escudos nobiliarios, que vendía su padre a los españoles emigrados, aristócratas y ricos.
Alvarito mantenía la ilusión de pensar que quizá poseyera algún talento de pintor. Le gustaban las estampas que reproducían cuadros de la época de David, Ingres y el barón de Gros, y se imaginaba, a veces, que le gustaría más ser pintor que militar.
Había visto también grabados que reproducían cuadros de Ribera, de Zurbarán y de Velázquez, que le sorprendieron, y le parecieron muy malos. ¿Cómo gustará eso?—se preguntaba él, y no lo comprendía.
Alvarito era un muchacho muy nervioso, muy inquieto, que tenía de noche grandes terrores.