La preocupación por los sueños, que le había inculcado su madre, le tenía amedrentado. Muchas noches se despertaba temblando y creía oír la respiración de un hombre que le espiaba a pocos pasos de la cama.
Los vecinos de la casa de la calle de los Vascos le aterrorizaban. Había una vieja enlutada, a quien se había encontrado en la escalera varias veces, al anochecer, y le había mirado con una sonrisa insinuante, y pensar en ella le ponía la carne de gallina.
Los cuartos obscuros, las alamedas solitarias al anochecer, las orillas del río, todo esto le impresionaba.
Las mismas estampas le daban, a veces, una sensación de misterio y de pavor. Había una que había visto en un escaparate que le perturbaba. Representaba una dama elegante con un talle esbelto, al lado de un joven melenudo, con el pantalón de trabillas y el frac. La escena ocurría en el salón de un palacio, delante de un piano. La dama tenía un aire lánguido; en cambio, el hombre la miraba con unos ojos de loco.
Alvarito no sabía lo que representaba; pero aquella escena le daba impresión de vértigo. Como predispuesto a ver cosas raras, en ocasiones las veía o las creía ver. Una de las veces que salió de noche en Bayona a dar un recado a un personaje carlista, su padre estaba enfermo, iba por una calle casi obscura, con tapias a un lado y a otro, que no tenía más que algún farol de tarde en tarde, cuando vió venir un jorobado pequeño, cuadrado, petulante, con bigote y perilla cana; al cabo de poco tiempo, otro jorobado, y poco después, otro. Estos tres jorobados le produjeron tal espanto, que echó a correr hacia su casa. Luego, su madre y él discutieron largo tiempo si estos tres jorobados serían reales o imaginarios, y si eran imaginarios, qué podían representar.
Llegó una época en que Alvarito notó que la alarma, la inquietud, nacían en él antes que el motivo y que después encontraba el motivo para legitimar su alarma. Tardó mucho en comprender esto, y, cuando lo comprendió, se sintió más miserable y más desvalido que nunca.
VII
PRIMEROS CONTACTOS CON LA REALIDAD
Cuando Chipiteguy hizo su propuesta de llevarse a Alvarito, éste miró la expresión de sus padres, y al ver que los dos aceptaban, fué a su cuarto, se vistió con su mejor ropa, besó furtivamente a su madre y a su hermana y salió de casa con el viejo trapero. Marcharon los dos por el muelle de los Vascos, cruzaron el puente Panecau y entraron en la plaza del Reducto.