Alvarito se encontró poco contento en el almacén y en la tienda de Chipiteguy; le pareció todo aquello desordenado y sucio; pero cuando le avisaron para comer y le invitaron a lavarse las manos y vió la mesa abundantemente servida y se sentó entre Manón y la andre Mari, se dijo que, si no le echaban por torpe, se quedaría allí. Pensaba cumplir de la mejor manera posible. Por la tarde hizo con buena voluntad todo lo que le mandaron; cenó también opíparamente y, después de cenar, la Tomascha llevó al pequeño español, como le llamaron a Alvarito en la casa, a un cuarto aguardillado del piso tercero lleno de trastos viejos, y le mostró su cama.
En aquella guardilla había una estantería con algunos libros, un reloj de cuco, parado, y sobre unas arcas antiguas gran cantidad de manzanas, peras y membrillos, que echaban un olor excelente.
En las vigas de aquel camarachón había muchas arañas y Alvarito podía contemplar sus ejercicios gimnásticos en sus hilos.
Por la ventana se veía el río y los tejados del muelle de los Vascos. Desde los primeros momentos que estuvo Alvarito en casa de Chipiteguy se pudo comprender que tenía actividad y deseo de trabajar; lo malo era que a estas condiciones y a su buena intención se unía gran timidez.
Alvarito no tenía costumbre de trabajar. Tampoco tenía soltura ni confianza en sí mismo. Desconfiaba y pensaba que no sería simpático ni oportuno. Esta idea y la de verse precisado a ganarse la vida de cualquier manera le daba una actitud encogida y torpe.
Chipiteguy se reía de él.
—El pequeño aristócrata, el pequeño español con blasones parece que no da pie con bola—decía a su nieta.
—Déjale, abuelo; ya lo hará mejor. El pobre pone toda su buena intención.
—Sí, es verdad; por eso yo no le digo nada. Es un chico que está bien, muy delicado, no se quedará con un céntimo. Tiene un amor propio un poco cómico.
—Eso no es un defecto.