—No, no. ¡Pero qué torpes son estos aristócratas! Cuando le faltan sus rentas y tienen que emigrar, ya no sirven para nada.

A las dos o tres semanas de estar en el almacén, Chipiteguy dedicó a Alvarito a llevar cuentas.

El sitio donde tenía que trabajar el joven Sánchez de Mendoza, no muy alegre, entristecía al muchacho. Era un cuarto casi obscuro, con un ventanal que daba al patio, con los cristales rotos, compuestos con papeles pegados, ya sucios y polvorientos. Había en este cuarto una estantería negra con fajas de facturas, una caja de caudales, una mesa y dos bancos. Desde el ventanal se veían los montones de chatarra roñosa y los fardos de trapos. Había en toda la casa muchas ratas, algunas tan atrevidas que le miraban descaradamente a Alvarito, lo que a éste le hacía gracia. De noche se les oía roer la madera.

Frechón, el dependiente de Chipiteguy, tipo atrabiliario y malhumorado, declaró la guerra a Alvarito desde que le vió e hizo lo posible para que le resultara todo al revés. Frechón le ponía siempre mala cara, le daba bufidos por cualquier cosa, y cuando no, comenzaba a silbar y a descoyuntarse las falanges de los dedos y a hacer un ruido desagradable, como de huesos de esqueleto, que inquietaba a Alvaro. Unas veces se tiraba de los dedos para producir el sonido, y otras se apretaba los nudillos, que resonaban como una carraca.

Frechón, que era republicano y patriota francés, mortificaba al muchacho como español carlista.

—Don Carlos es un imbécil—le solía decir con frecuencia, como quien lanza un esputo—; los españoles son unos asnos.

Frechón le dirigía extrañas preguntas a Alvarito.

—¿Sabes tú lo que harán, al fin, los liberales con vuestro Rey, con ese papanatas de don Carlos?—le preguntó un día.

—¿Qué?

—Llevarlo a la guillotina y crac.