Esta fué la razón por la cual las autoridades francesas dejaron en Guethary al obispo de León; en Bayona y sus alrededores, al cura Echevarría, a don Basilio y a otros jefes carlistas y al coronel Aguirre, en San Juan Pie de Puerto; determinaciones todas que los periódicos de Madrid comentaron con la petulancia y la tontería habitual en ellos.

Don Eugenio no dijo a Gamboa que alguno de aquellos carlistas trabajaban secretamente para él, y que el coronel Aguirre, comandante del quinto batallón de Navarra, fanático apostólico e intransigente, en cuyo batallón servían de oficiales García Orejón, Luis Arreche (Bertache), y otros muchos, estaba subvencionado por el Gobierno de la Reina para sublevar las tropas contra Maroto.


IV
LA TERTULIA DEL ABATE MIÑANO

Por entonces, uno de los centros de los expulsados por Maroto comenzó a ser la casa de campo que tenía en los alrededores de Bayona don Sebastián Miñano.

Miñano el elegante, el antiguo abate afrancesado, el antiguo secretario del mariscal Soult, era un escéptico, un volteriano, que no creía en nada; pero como todos los escépticos, se inclinaba en su madurez al despotismo, por considerar que era un sistema de vida más tranquilo, más reposado y menos turbulento que el régimen liberal.

Miñano vivía con mucha comodidad y cobraba de los dos bandos, del carlista y del cristino; para los dos era casi un oráculo.

El abate protegía a su hijo natural don Eugenio de Ochoa, que llevaba una vida de joven rico en Francia.

La casa de Miñano tenía gran interés para aquellos carlistas, la mayoría bárbaros y cerriles, que venían del campo; allí hablaban con legitimistas franceses elegantes, perfumados y con los bigotes llenos de cosmético, con moderados españoles, con gacetilleros y hasta con damas distinguidas.