Muchas veces iban a saludar a Miñano, Valdés, el de los gatos, que en política era también del género epiceno; Salvador, el traidor a la Isabelina y enemigo acérrimo de Aviraneta; Martínez López, el libelista, agricultor y gramático; don Vicente González Arnao y su secretario Pagés; Muñagorri, el cónsul Gamboa y todos los españoles influyentes que se encontraban en Bayona.

Formaban con frecuencia juntas carlistas en casa de Miñano, el obispo Abarca, el cura Echevarría, Lamas Pardo, don Basilio, los Labanderos, doña Jacinta Soñanes, alias "la Obispa", y otros.

Generalmente se avisaban con antelación, se discutía, y al último, el abate era el que decidía casi siempre las cuestiones. No se acordaban los expulsados de que Miñano era el autor de las cartas del Pobrecito Holgazán, que tanto contribuyeron en España a desacreditar al clero, y sobre todo a los frailes, ni de que había sido afrancesado y liberal.

El obispo de León, don Joaquín Abarca, que tenía su residencia de emigrado en Guethary, era un señor grueso, aragonés, pedante y sabihondo, que se creía una lumbrera. Vestía hábito, con ribetes de violeta; tenía por secretario a un intrigante que se llamaba Ramón Pecondón, y como inspiradora o Ninfa Egeria a doña Jacinta de Soñanes, alias "la Obispa", que se desvivía porque a Su Ilustrísima no le faltase el chocolate o el caldo a su hora.

El obispo de León estaba muy preocupado con la marcha de los acontecimientos; pensaba que había disminuído su prestigio personal en el campo carlista y esto lo achacaba a manejos de Maroto, a quien odiaba evangélicamente.

Abarca le tenía mucho miedo a su secretario Pecondón y algunas cuestiones reservadas las trataba sólo cuando Pecondón no estaba delante.

El otro cantertulio, don Diego Miguel García, era hombre de ojos hundidos, cejas espesas, mirada oblicua y sonrisa fina y sarcástica.

García era hombre de sangre y de cieno que no había pensado nunca más que en reunir oro, fuese como fuese. Había sido agente confidencial de Fernando VII durante mucho tiempo en sus intrigas tenebrosas con Regato, Salvador y otros tipos de reptiles de la misma índole. García fué el que le engañó a Torrijos en Málaga, valiéndose de un coronel, que pasaba por liberal. Este llevó a la playa a los liberales y les entregó al general González Moreno. García era entonces de la sociedad teocrática el Angel Exterminador.

Labandero, el padre, era hombre débil y mediocre, que no tenía agresividad ninguna, y que se lamentaba constantemente de sus enfermedades y de sus desgracias.

El cura Echevarría, el ex canónigo de los Arcos, era un bárbaro; fuerte, rojo, robusto, muy corpulento, de formas atléticas. Se le veía pasar con frecuencia por las calles de Bayona con un redingote negro y un sombrero de copa como un tubo. El cura Echevarría parecía rebosar salud; sus mejillas, infladas, tenían el color de las manzanas y sus ojos eran negros y brillantes.