El cura Echevarría era un tipo de estos de franqueza simulada, que se da mucho entre aragoneses y navarros de la Ribera. Toda esta supuesta franqueza consiste en hablar en un tono rudo; pero no pasa de ahí, porque debajo del tono rudo las gentes saben emplear la maquinación y la perfidia como los hombres de las demás regiones y de los demás países.

El cura Echevarría era terco y bruto con los inferiores y adulador de los más rastreros y serviles de don Carlos; había vivido durante toda la guerra civil como un príncipe, siempre en banquetes, fiestas, viajes y ceremonias. Era el agente de los navarros y tuteaba a todos los oficiales y trataba a la gente con un despotismo bárbaro.

El cura Echevarría y Abarca, el obispo de León, visitaron varias veces a don Sebastián Miñano y le pidieron consejo. A todo trance querían los dos eclesiásticos sublevar los batallones navarros contra Maroto y establecer en el Real un Gobierno teocrático; pero querían hacerlo con las mayores garantías posibles.

Para estos católicos absolutistas la cuestión principal en su partido era la lealtad al Rey; se consideraban como criados del Monarca y pensaban que ser leales a su persona era el mejor homenaje a la causa. El ser inteligente o capaz, esto era accesorio para los dos eclesiásticos.

Ellos comenzaban a pensar que Maroto, victorioso, no se diferenciaría gran cosa del Espartero, y que no valía la pena de hacer la guerra para un resultado parecido.

Miñano les aconsejaba la calma para encontrar una buena ocasión de intervenir. El abate, con su diplomacia y su labia, se había convertido en un oráculo para los carlistas intransigentes, como lo era también para los cristinos moderados.

Cosa extraña. El antiguo abate, ex prebendado de Sevilla, ex secretario de Soult, ex constitucional, ex anticlerical, ex periodista de El Censor, ex geógrafo, se había hecho protestante; era lector de Víctor Hugo, Balzac y Sainte Beuve, y traducía por entonces la Historia de la Revolución Francesa, de Thiers, para el impresor Baroja, de San Sebastián.

De acuerdo con el centro apostólico y antimarotista, una veces, y otras en contra, funcionaba la tertulia del marqués de la Lalande. Era una tertulia de aristócratas, de legitimistas y de extranjeros. A ella pertenecían el conde de Hervilly, el barón de Batz, Montgaillard y el intendente Arizaga. Había entre ellos personas inteligentes y su jefe en el campo carlista era el príncipe de Licknowsky. Este grupo hizo un proyecto de transacción con el asentimiento de Maroto. Se quiso que lord John Hay diera su anuencia al plan; pero al último, y después de vacilar mucho, el lord marino no la dió.