Por aquella época, a principios de julio, encontré en Málaga al señor Aviraneta, en un café, en compañía del comerciante inglés Thompson. Saludé a Aviraneta. El señor Thompson me dijo, no sé si en broma o en serio, que en Málaga se estaba trabajando en proclamar la república. Se pensaba que nuestra ciudad diera el primer impulso y que de aquí partiese el movimiento a las demás ciudades de Andalucía.
Las noticias de las victorias del general Córdova en Arlabán, y la actitud del alto comercio malagueño, alarmado de que la primera disposición de la Junta hubiese sido el decretar grandes contribuciones a cargo de los capitalistas más acaudalados, produjo una reacción entre los comerciantes y ocasionó el que el movimiento revolucionario y bullanguero de Málaga se calmara.
Antes de que se presentara la amenaza de las contribuciones, nuestros comerciantes pensaban que un cambio político les podría beneficiar; pero después se apoderó de ellos el temor de que sus casas cargaran con los gastos de la revolución en toda Andalucía, y no vacilaron en influír para que abortara la revolución, y tomaron sus medidas para que en los nuevos movimientos, que eran tan de prever, fuese el comercio de Málaga explotador, en vez de explotado.
A estas causas obedeció el que se contuviera en el mes de mayo y junio el pronunciamiento preparado en esta ciudad y al que habían seguido algunos intentos en Granada y en Cartagena.
Yo estaba bastante enterado de estas cosas, primero por un empleado de mi escritorio y después porque trasnochaba. Solía ir todas las noches a pasear por delante de la casa de mi antigua novia, que vivía en la calle de la Madre de Dios, cerca de la plaza de Riego. Esperaba a que saliese a la calle la vieja criada de Archidona y me diera noticias de cómo había pasado el día la enferma.
Una noche me hallaba parado en una esquina esperando a que bajara la vieja. Cerca de casa de mi novia, hacia la plaza de Riego, estaban hablando dos hombres; uno de ellos, a quien conocí por la voz, era José Ignacio Ordóñez, el casado con mi antigua novia; el otro, un comerciante, conocido mío, que tenía muy mala fama por haber intervenido siempre en negocios sucios. El viento me traía con claridad la conversación.
—Yo me he visto con Escalante—decía Ordóñez.
—¿Y está conforme?—preguntó el otro.
—Sí; se trata de que metamos unas cuantas partidas de contrabando el mismo día de la revolución.