—Pero la revolución está parada.
—Ya andará—replicó José Ignacio—; la gente del pueblo no se aviene a seguir a unos cuantos ricachones que defienden su negocio. He metido ahí, entre los milicianos y la gente del puerto, unos cuantos matones y echadizos, y he mandado decir que el gobernador militar y el civil están vendidos, que tienen la culpa de todo lo que está pasando y que ellos son los que protegen a los grandes comerciantes que no quieren la Constitución.
—¿Y lo creerán?
—Sí; porque es verdad, en parte. Además, esa gente no sabe nada; creen lo que se les dice. Una noche de jaleo nos basta.
—Habrá que estar preparados.
—Naturalmente que hay que estar preparados. Para mí es cuestión de vida o muerte. Estoy dando las últimas boqueadas.
—Es que usted, camarada, es un hombre insaciable. Usted acabaría con la fortuna de Rothschild.
—No se vive mas que una vez, compadre, y hay que aprovecharse.
—Estoy con usted. ¿Y cómo sabremos que el movimiento se ha hecho?
—Se avisará, y los mismos milicianos se encargarán de que todo el mundo lo sepa tocando generala por las calles.