—Bueno; entonces nada hay que decir; yo tendré a mi gente preparada en el puerto.
—Muy bien, ¿y sonsoniche? ¿Eh?
—¡No, que voy a dar un cuarto al pregonero! ¡Adiós, compadre!
—¡Adiós!
Me alejé rápidamente de la esquina, y al poco rato vi a José Ignacio Ordóñez, que penetraba rápidamente en su casa.
No me fijé gran cosa en esta conversación hasta que los hechos posteriores le dieron relieve e importancia. Seguía pensando en mi María Teresa y yendo todas las noches a su casa a saber sus noticias.
Esta preocupación embargaba todas mis facultades.
Teníamos en el escritorio un escribiente y el portero, que eran milicianos, y les solía preguntar noticias acerca de lo que pasaba entre ellos.
Me hablaban de la política de Málaga con gran extensión y apasionamiento.