Era comandante militar el general San Just, que había substituído al coronel Bray. San Just era muy liberal; se había distinguido en Puente la Reina y en Montejurra; se le tenía por hijo del convencional francés Saint-Just; pero, según me dijo Aviraneta, el convencional no tuvo hijos. Juan San Just era hombre de ideas muy liberales, alto, de bella figura, inteligente y de gran valor. En Montejurra había dado una carga a la bayoneta que produjo gran entusiasmo en el ejército. El general Córdova le estimaba mucho.

A pesar de su fama de liberal, San Just no era querido por los milicianos malagueños; por lo que me dijeron mis empleados, se había manifestado excesivamente duro y enérgico en reprimir ciertos desmanes.

El Gobierno civil se hallaba confiado al conde de Donadío, persona de gran influencia, que había formado parte de la Junta revolucionaria de Andújar. Donadío era diputado por Jaén y uno de los jefes de la Sociedad Isabelina.

A Donadío se le acusaba de ser partidario de Istúriz y enemigo de Mendizábal; de avanzar en su carrera por sus grandes recomendaciones e influencias, y de tener amistad con los comerciantes ricos de Málaga, y de protegerlos.

A mediados de julio habían llegado de distintas ciudades agentes portadores de órdenes y de recursos destinados a precipitar el movimiento revolucionario. Don Pedro Gil, el amigo del general Mina, vino de Barcelona con quince mil duros, que entregó a uno de los agentes que trabajaban para preparar la insurrección.

Era, por entonces, subdelegado de Policía don Manuel Ruiz del Cerro, pájaro de cuenta que tenía una historia bastante interesante, a juzgar por lo que me contaron mis empleados. Este Ruiz del Cerro había sido cajista del famoso periódico madrileño El Zurriago, en la imprenta de la calle de Juanelo, y después, regente de la misma. Pasó después muchos años de cómico en una compañía de la legua; se afilió a los carlistas e hizo correrías con el Locho, en la Mancha. Delató, más tarde, a los masones al conde de Ofalia, y apareció, por último, de jefe de Policía en Málaga.

Don Manuel Ruiz del Cerro, que tenía las condiciones del murciélago y era tan pronto pájaro como ratón, cambió de casaca y se dispuso a trabajar por los revolucionarios, como había trabajado antes por los absolutistas. También estaba con la Revolución el comandante de Carabineros don Juan Antonio Escalante, que, según se decía, se había entendido en distintas ocasiones con los contrabandistas, y que, al parecer, seguía entendiéndose con ellos, a juzgar por la conversación oída por mí noches antes en la calle de la Madre de Dios.

Pregunté al portero y al dependiente de nuestro escritorio si la revolución que se preparaba no sería una bullanga más para meter contrabando, y ambos se indignaron con esta idea. Sin embargo, reconocieron que había gente interesada en ello, y, principalmente, José Ignacio Ordóñez, que tenía mucha influencia entre los revolucionarios.

En la misma compañía que mis empleados, que pertenecían al 1.º de Cazadores de la Milicia, había algunos tipos populares que eran contrabandistas; pero, según mi dependiente, estaban vigilados por los demás milicianos, y no les permitirían que hiciesen maniobras sospechosas sin darles el alto.

Estos contrabandistas milicianos eran Pacorro, el Niño de Coín, el Morlaco y el Chispilla.