Me enteré que Pacorro y el Niño de Coín eran aventureros, bandidos, que habían estado y hecho su aprendizaje en el presidio de Ceuta. Me los señalaron en el puerto. Los conocía de vista.

El Pacorro era un hombre grueso, de cara redonda, serio, grave, de mucho empaque, muy doctoral y sabihondo. Tenía una gran cicatriz, que le cruzaba la cara; vestía marsellés con botones de plata, calzón corto, también con botones, calañés pequeño y corbata roja; hablaba despacio y con solemnidad, como si a cada momento bajara del cielo el Espíritu Santo a iluminarle.

El Niño de Coín era una alimaña: delgado como un alambre, negro por el sol, picado de viruelas; no tenía mas que músculos y piel. Su cara, aguileña, mal barbada, con unos cuantos pelos azafranados en el labio superior, tenía una expresión de zorra o de musaraña.

El Morlaco era un bruto, un matón, dueño de una tabernucha de mala fama próxima al puerto y frecuentada por los charranes del muelle, el Chispilla, un vendedor de pescado, pendenciero y amigo de cobrar el barato.


En la tarde del 16 de julio de 1836 se creyó en Málaga que iba a ocurrir algo. Yo recuerdo este día porque la criada vieja de Archidona, de casa de María Teresa, me dijo que su señorita había pasado muy mala noche y que se tenían muy pocas esperanzas de salvarla.

Salió, como era costumbre en Málaga, la procesión de Nuestra Señora del Carmen y recorrió algunas calles del barrio del Perchel, acompañada de un piquete de milicianos nacionales, en el cual iban los dos empleados de mi escritorio.

Al terminar la procesión el piquete entró en el Paseo de la Alameda, que en aquella hora estaba muy concurrido. Entre la gente se hallaba paseando el conde de Donadío con su señora. Cuando fué advertido por los nacionales, algunos músicos comenzaron a tocar el Trágala, y Pacorro y sus amigos, y todos los charranes que andaban por allí, insultaron al gobernador.

Los oficiales del piquete, escandalizados, mandaron a los milicianos que rompieran filas. Este incidente tuvo gran resonancia en el pueblo.