Al día siguiente, en el escritorio, mi empleado y el portero contaron lo ocurrido; por lo que dijeron, los oficiales se manifestaban muy descontentos, y el conde de Donadío estaba furioso tascando el freno.

El día 21 de julio llegaron fuerzas del 7.º de línea, lo que provocó grandes inquietudes en nuestros nacionales.

—Pero, ¿qué les importa a ustedes?—le preguntaba yo a mi empleado.

—Es que nos quieren atropellar; se trata de imponer un Gobierno moderado, y nosotros no lo aceptaremos.

A las cinco de la tarde del día 22 se convocó a una reunión en el Consulado, presidida por el general San Just; por lo que se dijo, concurrieron los jefes de milicianos y se provocaron grandes disputas. El anuncio de que venía tropa a Málaga se consideraba como un ultraje. Naturalmente, los comprometidos en la revolución pensaban que la llegada de regimientos desconocidos podía ser un obstáculo para sus planes.

El día 23 llegaron a Málaga algunos soldados que venían de Ronda, que fueron bastante mal recibidos por los milicianos.

Por la tarde se dijo que el conde de Donadío iba a marchar a Madrid a ponerse al habla con el Gobierno para dominar la revolución.

Llegó el 24 de julio, y, a pesar de ser el día de la Reina, se creyó oportuno suspender el besamanos, y sólo se hicieron los saludos de ordenanza; el disgusto de los milicianos crecía. Se aseguraba que iban a ser desarmados.

En los corrillos de la plaza vi yo al Pacorro y al Niño de Coín que peroraban y decían que había que morir antes de dejar las armas. La guardia del presidio de Levante, que pertenecía al segundo batallón de cazadores, fué relevada aquel día por temor a que se sublevase.