Este día 24 fué para mí muy triste; María Teresa, por lo que me dijeron, se encontraba muy mal y había tenido varios desmayos.
El día 25 no hubo por la mañana alboroto alguno en el pueblo, limitándose los nacionales a seguir comentando los sucesos de los días anteriores y a proferir amenazas contra los gobernadores y contra la gente del alto comercio.
Salí yo de mi escritorio al anochecer y fuí inmediatamente a la plaza de Riego, y a la calle de la Madre de Dios, a enterarme de cómo se encontraba María Teresa. Me dijeron que seguía igual, en el mismo estado de gravedad.
Me topé con mi dependiente y le pregunté qué tal marchaban los asuntos políticos, y me dijo que en aquel momento iban a relevar las guardias y que se temía algo; la primera guardia había salido para el Teatro y la segunda para Levante.
Poco después, los tambores de esta compañía, que pertenecía al primero de cazadores de la Milicia, empezaron a batir la marcha, por más que estaba terminantemente prohibido. El Pacorro, el Niño de Coín y sus amigos comenzaron a dar vivas y mueras.
Al salir de la plaza y pasar por la calle de Santa María, el Morlaco cogió uno de los tambores y se puso a tocar generala. De todas partes aparecieron grupos de gente turbulenta que se reunieron con los nacionales. Un coro de chiquillos y de charranes del muelle les seguían.
Veía yo a lo lejos esta multitud cuando oí que gritaban violentamente. Me dijeron que había salido al encuentro de las turbas el general San Just, a restablecer el orden. San Just reconvino a los oficiales por permitir que se desobedecieran así las órdenes superiores. Los oficiales se excusaron y el general ordenó que el piquete volviese inmediatamente a la plaza.
San Just se dirigía a su casa cuando el Pacorro, el Niño de Coín y su grupo, armados de fusiles y sables, le rodearon y violentamente lo llevaron al centro de la plaza dirigiéndole los más terribles insultos.
Aquel grupo era en su mayoría de contrabandistas y de gente maleante conchabada con ellos. Había también algunos exaltados de verdad, y hasta carlistas, según dijeron; pero la mayoría eran matones del puerto, amigos de broncas y jaranas, gitanos, taberneros y nacionales, que se consideraban ofendidos por las maneras adustas de San Just, que quería que todo el mundo respetase la disciplina.