Era ya de noche. San Just, en medio del tumulto, no perdió su serenidad; contestó con energía a sus agresores, despreciando el peligro. Pudo el general imponerse y con algún trabajo entrar en el Ayuntamiento.
San Just se dirigió al oficial de guardia y le pidió auxilio contra los revoltosos; mas el oficial le hizo ver lo imposible que era hacerse obedecer, máxime cuanto que los demás oficiales habían desaparecido al ver que no podían dominar el tumulto.
Yo me acerqué a la puerta del Ayuntamiento y oí la voz de San Just, que se dirigía a las turbas recordándoles su amor a la libertad, por la cual había vertido su sangre en los campos de batalla; sus méritos de guerra en Puente la Reina y Montejurra. Todo fué inútil. José Ignacio Ordóñez, que estaba allí entre Pacorro, el Niño de Coín y otros matones, comenzó a gritar:
—¡Muera, muera!
Entonces el Niño de Coín, disparó un tiro. Dada la señal, los demás hicieron una descarga cerrada.
San Just, viendo que las balas pasaban a su lado y que el peligro era inminente y las exhortaciones vanas, se resguardó detrás de la puerta. Siguieron los disparos, y una bala, entrando por una rendija de la puerta, dió al general y le dejó gravemente herido.
Alguno que le vió caer avisó a los sublevados, y entonces las turbas entraron en el Ayuntamiento y a bayonetazos y a sablazos acabaron con el herido.
En aquel momento Ordóñez, Pacorro y el Niño de Coín huyeron corriendo hacia el puerto.
Yo, trastornado por estos acontecimientos, volví hacia la plaza de Riego y a la calle de la Madre de Dios.