La noche estaba sofocante; el cielo, cuajado de estrellas; de vez en cuando llegaba la brisa del mar y ráfagas de aire saturado del perfume de las flores de los huertos vecinos. La calle estaba silenciosa; mis pasos sonaban en las losas gravemente. A veces me cruzaba con algún transeunte solitario que me miraba con curiosidad; yo volvía la cabeza temiendo que vieran en mi rostro la angustia y la ansiedad que me devoraban.

Tenía el presentimiento que esta noche había de ser la última de María Teresa. Cuando entré por la calle de la Madre de Dios y me acerqué a la esquina donde ella vivía, no me atreví a mirar a los balcones, temiendo ver en ellos algo muy definitivo y muy terrible para mí. Luego me decidí. Levanté la cabeza y miré: todos los balcones estaban cerrados; sólo por uno de ellos salían rayos de luz. Pensé que por el balcón de la otra calle adonde daba la casa quizá se vería más, y, efectivamente, éste estaba abierto, y en unas cortinas blancas, grandes y caídas e iluminadas por dentro, se veían pasar rápidamente sombras negras.

Yo miraba y escuchaba con una atención angustiosa; quería adivinar qué pasaba y quién pasaba por detrás de las cortinas. Me parecía oír un rumor leve de palabras; pero, no, no se oía nada; de pronto, a lo lejos, sonaba el estrépito de un tambor, se cerraba una puerta y se escuchaban pasos rápidos de alguien que iba huyendo y que se perdían en el silencio de la noche.

Esta tensión de todo mi sér me trajo un sentimiento de rabia absurda; pensé en llamar, dando voces y golpes en el aldabón de la puerta, para que salieran todos los de la casa, y hasta los vecinos de alrededor, a decirles a gritos que yo era el único que debía estar allí en el cuarto iluminado, muy cerca de aquella mujer enferma, que era el único que tenía este derecho y este deber, puesto que era también el único que la había querido. Sentía, a veces, el impulso de abrir la puerta del zaguán, subir a saltos la escalera y meterme en su cuarto para que ella no viera a nadie mas que a mí, y si estaba en las ansias de la muerte, fuera yo quien la consolara.

Pero, a pesar de mis proyectos, no tenía valor. Allá estaba la puerta solamente entornada; sabía que el marido se hallaba fuera de casa, y, sin embargo, no me atrevía. Me indignaba mi falta de valor; no me resignaba a quedarme con la duda de cómo estaría ella, quizá no existía ya; y aquellas idas y venidas de las sombras que se reflejaban en la cortina blanca e iluminada eran los horribles preparativos que vienen después de la muerte.

Me figuraba a su madre y a sus hermanas sacando las ropas de los armarios para hacer el tocado de la muerta, para cubrir el pobre cuerpo enflaquecido y destruído por la enfermedad.

¿Sería posible que yo no pudiera hacer nada más que estar allí solo, en medio de la noche, apoyado en una esquina dura y fría, impotente para todo, mientras ella, quizá en aquel momento supremo, sabiendo que yo estaba cerca, me llamaba ansiosamente con la esperanza de que fuera a acompañarla en sus últimos momentos?

No sé el tiempo que estuve apoyado en aquella esquina; me dolía la cabeza y tenía escalofríos. En esto vi que se abría la puerta de casa de María Teresa, y que salía un cura y el sacristán con un farol grande de cristal. Me acerqué a la puerta, y la criada de mi antigua novia me dijo que acababa de morir.

Le pregunté si podría subir; ella me dijo que estaban la madre y las hermanas de María Teresa, y que no me permitirían entrar en el cuarto.