Entonces eché a andar por la calle, hacia la plaza de Riego.


Había corrido la noticia de la muerte de San Just; se tocaba generala por todos los tambores y cornetas, y se habían formado batallones de infantería y de artillería en la plaza.

Aquel tumulto iba a interrumpir el reposo de la casa de mi antigua novia, visitada por la muerte.

Me detuve en un grupo de milicianos. Me dijeron que la tropa de línea estaba en el convento de la Merced.

Mi empleado, a quien vi y que estaba borracho, añadió que se había formado una Junta marcial, y que Escalante se había puesto a la cabeza. Este Escalante, al saber que el gobernador militar estaba encerrado en el Principal, quiso salvarlo o hacer la pamema de salvarlo; pero le detuvieron los milicianos, y al poco rato se presentó a él un oficial a participarle que la Milicia, reunida en la plaza, había convenido en que la única persona que había en Málaga que gozaba en aquel momento de prestigio entre el pueblo y la tropa era él; por lo cual le pedían que fuera a ponerse a la cabeza de la revolución para evitar mayores desgracias.

Mi empleado me dijo que Escalante había aceptado y corrido a la plaza, donde dijo a los sublevados momentos antes:

—¡Señores! Acaban ustedes de cometer un asesinato; acaban de matar a un hombre que todavía tenía abiertas las heridas recibidas en la guerra por defender la libertad de la Patria; éste es un atentado horroroso; pero ya está hecho, y ya no hay remedio.

—Es verdad que era inocente—contestaron algunos—; por lo mismo es menester que muera el canalla de Donadío, que es quien lo ha perdido.

Mi empleado hablaba de Escalante como de un tipo de valor y de abnegación, ¡qué ironía!, ¡qué sarcasmo!; yo sabía que aquel hombre, que estos pobres cándidos consideraban como un héroe, estaba en aquel momento haciendo su pacotilla.