—¿Y qué esperan ustedes aquí?—le pregunté a mi empleado.

—Estamos esperando a ver qué actitud toma la tropa que está encerrada en la Merced; no sabemos si hará causa común con nosotros.

—¿Y el gobernador, dónde está?

—Está también en el cuartel.

Sin duda, al saber el drama que se había desarrollado en el Ayuntamiento, el conde de Donadío había corrido al antiguo convento de la Merced, donde estaba la tropa de línea, y había intentado convencer a los oficiales para que le auxiliaran a dominar el motín; por lo que se supo después, los oficiales se negaron a obedecer al gobernador por no ser éste su jefe, alegando, además, que no tomaban armas mas que para defender la Libertad, y no para batirse contra la Milicia o el pueblo.

Con estos subterfugios condenaban a un hombre a la muerte.

Aumentaban los grupos en la plaza de Riego, se acercaban al antiguo convento de la Merced y pedían a voz en grito que la tropa saliera a fraternizar con ellos.

El Morlaco, el Chispilla y otro, a quien llamaban el Veneno, llevaban ahora la voz cantante para gritar y alborotar. Después de algunas discusiones y desavenencias entre la oficialidad, la tropa salió del cuartel, en medio de grandes aplausos, pasó a la plaza de Riego y se formó junto a la Milicia.

Rodeado por grupos de exaltados estaba Escalante; los furiosos pedían a voz en grito que se sacara allí mismo a Donadío para fusilarlo sobre la marcha.

El conde de Donadío, al verse abandonado dentro del antiguo convento y creerse, con motivo, en gran peligro, se puso un uniforme viejo que encontró de miliciano.