Se dijo después que Escalante, penetrando en el cuartel, había aconsejado a Donadío que se escapara. Era el consejo semejante al del cocodrilo de la fábula con el perro.
Se opuso el gobernador, pensando, seguramente, que mientras el alboroto de la plaza existiera sería para él muy peligroso el salir de allá. Se dijo también que Escalante había ido a conferenciar con los jefes de los milicianos y a decirles que el general se había escapado.
Los sargentos de la tropa aseguraron que no era cierto; que Donadío seguía allí, y pidieron entrar en el cuartel para convencerse. Entraron, y en el mismo momento vieron a Donadío, que bajaba la escalera principal, y lo reconocieron a la luz de una linterna.
—Este es—dijo uno de los sargentos.
—¡Matadlo, matadlo!—gritó el Morlaco, que venía delante.
El conde de Donadío intentó retroceder en la escalera; luego quiso hablar; sonaron varios tiros, y una bala le atravesó el pecho. Nuevos disparos siguieron a los primeros. Los milicianos sacaron el cadáver del gobernador a la plaza de Riego, y, aullando y gritando, lo arrastraron y le dieron bayonetazos. Yo vi pasar al muerto; tenía la cara negra y un agujero sangriento en el pecho.
El espectáculo me produjo una enorme repugnancia.
Mi empleado y otro miliciano me aseguraron que, habiendo comenzado con los dos gobernadores, había que seguir la degollina con los comerciantes ricos opuestos a la revolución.
Si las circunstancias hubieran sido favorables lo hubieran hecho.