Pasé de nuevo por la calle de la Madre de Dios y miré por el balcón. Ahora, la cortina estaba descorrida y se veía temblar en el techo la luz de los cirios. Trastornado y loco de dolor marché a mi casa; pero comprendiendo que aquella noche sofocante no podría dormir, fuí a la Alameda y me senté en un banco. Caían despacio las hojas de los árboles. Había por allí unas mujeres que me importunaban, y me marché al muelle y me senté sobre un fardo.

Estaba tan trastornado que no sabía si lo que me ocurría era sueño o realidad.

Este final de la mujer que había querido; estas muertes en plena noche; este aire irreal de las gentes y del pueblo, me perturbaban.

En el muelle era un ir y venir de sombras que corrían llevando fardos; me pareció adivinar la silueta de José Ignacio Ordóñez, del Pacorro y del Niño de Coín. A lo lejos se seguía oyendo el retumbar de los tambores. Pensé si estaría trastornado; indudablemente, tenía fiebre; pero no, aquello todavía era la realidad...

Luego, de repente, la realidad se transformó en sueño. Me vi en una calle sombría, que no era de Tarragona, ni de Málaga, mirando unos balcones con unas ventanas blancas. ¿Qué pasaba allí? Me encontré a un hombre a la puerta de la casa que se puso a hablarme sin mirarme a la cara. Este hombre se parecía al Niño de Coín.

—¿Puedo subir?—le pregunté.

—Sí; suba usted.

Comencé a subir unas escaleras interminables. En cada rincón y en todos los rellanos había un hombre agazapado espiando algo. De pronto me dije: «Aquí es»; y pasé un cuarto, y otro cuarto, y entré en una habitación iluminada por cirios y con cortinas blancas. Tenía el sentimiento de una desgracia, pero no sabía cuál era.

En aquel cuarto habían formado un círculo unos cuantos hombres pálidos y grises; algunos, vestidos de milicianos. Entre ellos estaban Aviraneta, Arnau y Secret. Estos hombres conferenciaban. Yo no sabía qué hacían. ¿Qué hacen?, ¡Dios mío!—me preguntaba con ansiedad—. Uno de estos hombres arrastraba de pronto un cadáver con la cara negra y un agujero sangriento en el pecho, y lo llevaba en medio del círculo de hombres grises. Lo apretaban entre todos, y echaba sangre a una urna de cristal, que parecía un farol de sacristán para dar los óleos. Hecho esto medían con una varita la profundidad de la sangre y se desesperaban porque no era grande...