Pasado un momento, esta sangre no era sangre, sino oro, y todos los hombres grises y los vestidos como milicianos sacaban este oro con las manos, hacían grandes fardos, los ponían sobre la espalda, echaban a correr, tropezaban unos contra otros y se atropellaban horriblemente y se batían a tiros...; pero alguien había comprendido que era necesario trabajar este oro y traía un yunque y un troquel, y empezaba a troquelar monedas a martillazos con un estrépito terrible, como de tambores, y el hombre se asombraba y se desesperaba al ver que sus monedas, al caer, se convertían en hojas secas de árbol que volaban por el aire...


—¿Qué hace usted aquí?—me dijo la voz de un sereno.

Yo no sabía qué hacía allí. El sereno me acompañó a casa creyéndome borracho. Me tendí en la cama.

Al día siguiente me pareció que todo volvía a la vida normal; la muerte de mi antigua novia me parecía un hecho doloroso, pero ya previsto. Fuí a mi escritorio; por la mañana se supo que se había nombrado una Junta en Málaga, bajo la presidencia de Escalante, para restablecer el orden. ¡Oh ironía!

Este mismo día me mandaron la esquela de María Teresa, en donde se hablaba de su desconsolado esposo. Otra amarga ironía.

Por la mañana fueron llevados al cementerio los cadáveres de los dos gobernadores: uno, en un féretro del hospital de San Julián, y el otro, en unas parihuelas. Al mediodía, y con mucho lujo, se verificó el entierro de mi antigua novia, y a las cuatro de la tarde se promulgó la idolatrada Constitución en el punto de la Alameda, como decía una proclama de Escalante.

Itzea, julio, 1921.