FLOR ENTRE ESPINAS
I.
En 1865, durante el verano estuve una temporada con Aviraneta en las aguas termales de Trillo. Encontramos allí a un tal Julio Kraft, ingeniero de minas, prusiano, que acudía a aquellos baños a curarse de sus dolencias.
Este ingeniero era entusiasta de España, de nuestras comidas y de nuestra zarzuela; así, que le oíamos constantemente elogiar las lechugas y las coliflores de la tierra y cantar El grumete, El dominó azul y Jugar con fuego.
Por entonces, seguramente, Wagner había escrito muchas de sus obras; pero Kraft se burlaba de su país, porque decía que allí no gustaban mas que las nieblas.
—¡Muy roimático, muy roimático, para tanta niebla!
Quería decir reumático. Kraft era de los extranjeros que hablan el castellano como en los primeros meses de llegar a España.
Un día, en compañía del ingeniero prusiano, fuimos a Cifuentes y visitamos esta antigua villa amurallada, con sus viejos conventos y su parroquia gótica, de una restauración lamentable. Otro día estuvimos en Viana y en sus alrededores.
Hablando de aquellas montañas y cerros de tan rara forma, a los cuales los habitantes del país dan pintorescos nombres, el prusiano nos dijo:
—Hace mucho tiempo que estuve yo aquí, por cierto con un plan bien distinto al que ahora tengo.